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lunes, 7 de diciembre de 2009

EL ROBABRAGAS



En la terminal del aeropuerto de Lavacolla vive un gran hijo de puta. Es soltero porque no ha encontrado a ninguna idiota dispuesta a liarse con él ni siquiera una noche, ni esperando al último turno del Don Juan, donde a últisima hora quedan los restos, pero al verlo prefieren dormir o ir a comer un bocata en el Rey del Bocadillo. Tiene sobre cuarenta y tantos años y es uno de los mayores pajilleros del mundo mundial. Si no fuera por las putas del Pombal seguiría siendo virgen. Vive con sus padres pero ellos le odian y no saben como librarse de él. Se pasa el día tirado en el sofá. Por las mañanas se ve a Ana Rosa y siempre está de acuerdo con las opiniones de Belén Esteban. Admira a Belén Esteban y tiene su habitación forrada con las fotos en las que ésta apareció enseñando las tetas de silicona en Interviu. Por las tardes no se pierde nunca "El Diario de Patricia", pues le encanta ver a descerebrados discutiendo y mostrando sus verguenzas en televisión. Y es fan del Luar todos los viernes. Aunque ultimamente sigue al Jorge Javier y a su musa la Esteban.

Cuando hace unos años sus padres decidieron cortarle la "financiación" no tuvo más remedio que buscarse un trabajo y ponerse a currar. Lo único que encontró fue un puesto cargando maletas en el aeropuerto, gracias a un amigo de su padre que era controlador aéreo y amigo de la mili y le debía un favor. Al principio, mal que bien, cumplía su jornada laboral, pero con el paso de los meses comenzó a buscar excusas. Primero argumentó que tenía dolencias en la espalda provocadas por los largos años que había pasado recostado en el sofá de su casa. Luego argumentó que padecía una depresión provocada por tener que verse el careto en el espejo todas las mañanas. Finalmente descubrió la existencia de una enfermedad llamada "síndrome de fatiga crónica" y persiguió a los médicos del Clínico Universitario y del Ambulatorio Concepción Arenal, centro que le correspondía por zona,  durante varios meses para que se la diagnosticaran. No le hicieron ni puto caso.

Un día, mientras cargaba una maleta "Sansonite" rígida de cuatro ruedas, con destino a Caracas los cierres de la maleta cedieron. En un primer momento, el gran hijo de puta temió que le acusaran de haber sido el causante del desastre. Las palmas de las manos comenzaron a sudarle pero, diez minutos después, la sensación de peligro se evaporó. Nadie le había visto y, por tanto, nadie le había denunciado. Solo entonces reparó en el contenido de la maleta desvencijada. Observó un sujetador copa C y también un par de bragas tipo faja. Las cogió y, en un movimiento reflejo, se las llevó a la nariz. Cerró los ojos y aspiró. Segundos después se empalmó.  Miró a su alrededor y se guardó las bragas en el bolsillo de la cazadora de la empresa. Luego buscó algo con lo que atar la maleta y volvió a colocarla junto al resto del equipaje destinado a Caracas. Ya en su casa, olió y lamió nuevamente la prenda y pensó que acababa de descubrir algo parecido al camino que conduce hasta la felicidad. Horas después, en el otro extremo del planeta, Yamilay Mariam de Rojas, una octogenaria con más de cuarenta años viviendo en Caracas, y con inicios de demencia senil,  echó en falta una de sus bragas, en un momento de lucidez, o necesidad.

Desde aquel día, cada vez que el gran hijo de puta carga una maleta se pregunta si en su interior habrá unas bragas capaces de darle tanta felicidad como las de Yamilay Mariam. Poco a poco, ha ido adquiriendo la costumbre de abrir algunas de las maletas que pasan por sus manos. Ayer, el gran hijo de puta, se fijó en la de mi novia.  Se cercioró de que nadie le observaba e hizo saltar la cremallera. Revolvió la ropa que encontró y se apropió de un tanga de color rojo, regalo de nuestro primer polvo. Se que mientras mi novia lo maldiga él se estará masturbando. Ojalá tenga un esguince en la muñeca. O un esguinze de frenillo. Pajillero de mierda.